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Cómo la familia condiciona realmente nuestra vida: la lealtad al clan

Desde que nacemos pertenecemos a un grupo o clan. Este grupo es la familia, y puede ser más o menos cerrado según cómo sea la tuya, pero desde el momento de tu nacimiento se convertirá en tu grupo de pertinencia y te marcará durante el resto de tu vida, quieras o no. Sin embargo, la pertenencia a un grupo va más allá de la familia. A lo largo de nuestra vida podemos pertenecer a varios de ellos, pero la gran diferencia es que a la familia no la elegimos (al menos no conscientemente), mientras que al resto de grupos sí los elegimos por voluntad propia, y pueden ser los amigos, los compañeros de trabajo o los compañeros de la clase de baile, por ejemplo; pero hay algo que va a marcar nuestra relación con todos los clanes a los que pertenezcamos: la lealtad.

¿Qué es la lealtad al clan?
Los seres humanos somos gregarios por naturaleza, es decir, nos gusta vivir y relacionarnos en grupo. Esta necesidad de reunión es el origen de las distintas sociedades que han poblado la Tierra. Pocas son las personas en este mundo que eligen voluntariamente la soledad y el aislamiento como forma de vida. Por lo general, las personas elegimos relacionarnos en sociedad.

Cuando perteneces a un grupo, siempre va a haber una serie de normas no escritas que se crean entre sus miembros. Son las normas de convivencia del grupo, las normas de comportamiento. Así que si no respetas estas reglas, corres el riesgo de que te echen del grupo, porque ya no puedes identificarte con el resto de miembros ni ellos pueden identificarse contigo. Por ejemplo, si en tu grupo de amigas prolifera el critiqueo, es decir, que pasáis mucho tiempo criticando a vuestros conocidos y a la gente que os rodea y comentando sus vidas privadas, pero resulta que un buen día tú decides que ya no te sientes bien criticando a los demás y que te resulta muy mezquino estar opinando y juzgando las vidas de otros porque sí, entonces el resto de amigas de tu grupo dejarán de sentirse identificadas contigo porque aquello que os unía ha desaparecido. Lo que antes eran vuestros puntos de unión empiezan a desaparecer y comienzas a tener nuevos hábitos en los que ellas ya no tienen cabida, así que te separas del grupo, porque sus "normas" ya no resuenan contigo.

Este momento suele coincidir con cambios internos y un proceso de evolución personal. La primera fase es que seguir perteneciendo al grupo por lealtad, porque da mucho miedo quedarse solo/a y sin la aparente protección y seguridad que da sentirse miembro de un grupo. Sin embargo, cuando se hace demasiado evidente que ya no hay nada que te une a él, el deseo de encontrarse a uno/a mismo/a supera al miedo y ahí es cuando empieza a aparecer gente nueva en tu vida que vibra con tu nueva resonancia y tu nueva forma de pensar.

Bien, pues esto es lo que ocurre básicamente con todos los grupos a los que pertenecemos, y hoy quiero centrarme en el clan principal: la familia.
¿Qué ocurre con las relaciones familiares que son nuestra mayor fuente de desdichas y odios, pero también nuestra mayor fuente de alegrías y de devoción? La relación con la familia es puramente visceral en muchas ocasiones. Puede que te lleves fatal con tu hermano o con tu hermana y que prácticamente ni os habléis pero, ¡ojo!, que a nadie se le ocurra meterse con él/ella o decir algo malo delante tuya, porque entonces saltas tú como una leona a defenderlo/a.

Las relaciones familiares son complejas, porque comienzan cuando somos unos bebés aún inconscientes de lo que ocurre en nuestro entorno. Sin embargo, pasan muchas cosas a nuestro alrededor día a día (enfados, peleas, prohibiciones, gritos, portazos, negativas, etc.) y siendo tan pequeños no sabemos interpretar todos estos comportamientos adultos. Los bebés de lo único que entienden es de amor, por lo tanto los enfados, las peleas y los gritos les causan mucho estrés, porque son comportamientos de NO-AMOR, que ellos simplemente no procesan porque no entienden. Pero claro, pasados unos años de ver peleas, enfados y gritos el niño lo acepta como algo habitual de su hogar. Si en su hogar hay de estas cosas, será porque es normal... Y así ocurre con todo lo demás.

El niño busca constantemente el amor de sus padres, que para él (o ella, aunque en este caso voy a hablar "del niño", por hacerlo más general y sencillamente porque me apetece) son las personas más importantes de este mundo durante los primeros años de su vida. Recuerda que hace poco te dije que los bebés solo entienden de amor, así que es normal que el niño busque ese amor. Pero, ¿qué ocurre? Pues que sus padres no solo pueden estar pendientes de él las 24 horas del día, porque tienen otra serie de circunstancias y obligaciones en sus vidas a las que atender: tienen un trabajo, tareas domésticas que hacer a diario, facturas que pagar, hipoteca, un jefe al que no soportan, algún que otro enfado ocasional (o permanente) con un/a amigo/a o con algún familiar cercano... Todas esas cosas que tan comunes son en la vida de los adultos y que se han convertido en el pan de cada día de nuestra sociedad actual. Con todo este cúmulo de cosas, los padres se olvidan del lenguaje del amor y empiezan a tratar al niño con impaciencia, con gritos, con chantajes emocionales, etc.

"Cómete la cena, hazlo por mamá", "no corras", "no juegues aquí", "estáte quieto", "si no haces los deberes, no hay postre", "no hagas eso", "no hagas lo otro", "nunca me haces caso"... Podría seguir hasta el infinito con la lista de cosas que los padres dicen a sus hijos en alguna ocasión. No estoy diciendo que nunca jamás un padre o una madre puedan perder la paciencia con sus hijos, porque sin duda estos muchas veces la ponen a prueba y, por otro lado, ser padre, al igual que ser hijo, es una experiencia más por la que tenemos que pasar, para lo bueno y para lo malo. Pero precisamente por esto, porque es una experiencia ineludible en nuestra vida (la de ser hijo) quiero aportar un poquito de claridad para que entiendas mejor cómo funcionan las dinámicas con la familia.

Así pues, hay toda una serie de cosas que los padres dicen a su hijo pequeño en un intento porque este haga lo que tiene que hacer, que es comerse la cena, hacer los deberes y portarse bien y estarse quietecito para no dar la lata. El niño, que es muy pequeño y no entiende por qué tiene que someterse a toda esa serie de normas, empieza a formar en su cabeza la idea de que para que sus padres lo quieran, entonces tiene que adaptar su comportamiento a todas esas cosas que sus padres le dicen. A partir de aquí el carácter del niño y los aprendizajes por los que deba pasar en su vida van a determinar cómo actuará ante este nuevo conocimiento. Habrá niños que se rebelen contra esta serie de normas pero, en la mayoría de los casos, lo que el niño va a hacer es intentar adaptar su comportamiento para conseguir el amor de sus padres. Puesto que no paran de repetírsele una y otra vez las mismas cosas, el niño entiende que el amor de sus padres está condicionado a todo lo que ellos le piden que haga.

De esta manera, el niño va desarrollando una lealtad ciega a su clan, su familia, para conseguir ese amor que tanto busca y que él cree condicionado a las "normas" que se le imponen. Es posible que esto que lees te esté causando un shock, y no es para menos, te lo aseguro. Nadie se dedica a analizar realmente en qué consisten las relaciones emocionales y afectivas de padres e hijos, y me parece que hay que romper varios tabús definitivamente. Nuestros padres nos aman (en la mayoría de los casos) y de eso no hay duda; nuestros padres nos criaron de la mejor manera en que sabían con los medios de los que disponían, y de eso tampoco hay duda. Pero nuestros padres no entendieron que a un niño hay ciertas cosas que no se le pueden decir, porque no las va a entender, porque el amor no puede condicionarse ni supeditarse a nada. Si el niño hace algo malo, sus padres se enfadan y lo castigan, lo que según el entendimiento del niño viene a ser lo mismo que retirarle su amor. Así es como se forja la lealtad ciega, buscando amor "a ciegas".

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A partir de ahí, con este mecanismo aprendido de forma inconsciente, puesto que se aprende a una edad muy muy temprana y, por lo tanto, pronto dejamos de ser conscientes de que actuamos de esta manera, empezamos a tomar una serie de decisiones en nuestra vida basadas en la lealtad a nuestro clan. Elegimos una carrera universitaria porque queremos tener el mismo oficio que nuestros padres, o queremos estudiar algo de lo que ellos se sientan orgullosos. Nos apuntamos a clases de inglés, de natación, de tenis, de ajedrez, de informática, de francés, de danza y un sinfín más porque es lo que ellos esperan de nosotros, nuestros padres quieren que seamos los mejores, y nosotros no queremos decepcionarlos porque queremos recibir su amor, por lo tanto aceptamos las mil y una actividades a las que nos apuntan. Nos quedamos viviendo en la misma ciudad donde nos criamos y donde viven nuestros padres porque nos da miedo separarnos de ellos, porque ¿cómo vamos a dejarlos solos si ellos han estado con nosotros toda la vida? Así que renunciamos a vivir en cualquier otro lugar que no sea el sitio donde viven nuestros padres, y así podemos ir a comer con ellos todas las semanas, llevarles a sus visitas médicas, etc. aunque no nos apetezca, pero da igual, porque somos parte del clan y, como tales, debemos cumplir con nuestras tareas familiares.

No sé si llegados a este punto se está entendiendo el mensaje que quiero transmitir. El mensaje es que hipotecamos nuestra vida y nuestra felicidad y le entregamos todos los contratos de esa hipoteca a nuestra familia, sin plantearnos nada más; ni qué es lo que nos apetece realmente hacer a nosotros con nuestra vida, ni cuál es el destino que querríamos tener, ni quiénes somos en realidad sin la familia, ni cuál es el trabajo que a ti te gusta de verdad, pues tú no eres tu familia ni tienes ninguna obligación de ser como ellos. Que hayas nacido en una familia concreta no implica que les debas tu vida y tengas que mimetizarte con ellos, hacer todo lo que se espera de ti y dar exactamente los mismos pasos que dieron ellos.

La familia sin duda es un anclaje, uno muy importante, pero de la misma manera en que los padres no deben confundir el amor con asfixiar al niño para que este haga todo lo que ellos creen que es lo mejor para él, los hijos tampoco pueden confundir amor con servilismo. Por amor mal entendido, los hijos terminamos haciendo muchas cosas que van en contra de nosotros mismos; por lealtad al clan terminamos cubriéndonos de una serie de creencias y capas que ocultan nuestra esencia hasta que, finalmente, llega un momento en el cuál ya no sabemos ni quienes somos. Nos hemos convertido en una imagen demasiado borrosa de nosotros/as mismos/as como para ser conscientes de quiénes somos en realidad sin la familia.

El tema de la lealtad al clan es extensísimo y seguiré tratándolo en otros posts, pues sin duda merece mucho la pena hablar de él y llegar a entenderlo en profundidad. Por el momento, te invito simplemente a que examines qué creencias has adquirido de tu familia, fundamentalmente de tus padres, y que con sinceridad analices a dónde te han llevado. ¿Compartes esas creencias o simplemente las asumistes como propias? ¿Te hace feliz todo lo que implica la relación con tu familia? ¿Qué cambiarías? ¿Por qué? ¿Cómo se relaciona esto con tus propios principios y valores?

Al final, lo verdaderamente importante es si en la relación con tu familia, al igual que en cualquier otra relación en la vida, estás actuando desde tus propios valores y si te estás permitiendo ser TÚ, con todas las consecuencias, y no la versión que el otro espera ver de ti y a la que ya le has acostumbrado. Da miedo hacer el cambio y pensar que vas a decepcionar a las personas que siempre han estado contigo, pero te aseguro que esta es tan solo una creencia adquirida más y que, si vences tu miedo, la recompensa será la libertad de ser quien realmente eres.

Marta

Marta

Apasionada, sincera y auténtica. Una mujer que corre con los lobos. En esta aventura que es la vida y en mi camino personal hacia el autoconocimiento, quiero compartir con el mundo mis descubrimientos

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